sábado, 12 de octubre de 2013

El principio


          En épocas pasadas, al arte de escribir se le atribuía ese halo romántico, y a la vez desgarrador, que era capaz de convertir el papel en tez nívea; la pluma en daga de sacrificio; la tinta en una mezcla homogénea de sangre y lágrimas que, al derramarse sobre el papel, llenaba la mente del lector de ensoñaciones, que aún siendo intrusas, conseguían fusionarse y cambiar completamente la composición de sus paraísos/infiernos personales. Este concepto, en los tiempos que corren, es solo un vestigio protegido por unos pocos héroes que decidieron apartarse del camino —sobradamente conocido— que empieza en el talento y acaba en la capilla de La Triada del Nuevo milenio: dinero, fama y poder.

        Dejando atrás Der Zeitgeist o, más bien, la teogonía de nuestro tiempo, ¿qué lleva a alguien a escribir? Ya no se utiliza la pluma y el papel sirve de retrete caliente en el que las impresoras vomitan las mismas ideas, una y otra vez. Los sentimientos son seres moribundos a los que una legión de proxenetas golpean para obtener más rédito de su denigrante prostitución televisada. ¿Para qué debe uno escribir? ¿Quizás por su alma? ¿Por su salvación?.

        No hay más pluma que tus dedos, que tu voz,  que una máquina de reconocimiento facial. Una hoja puede ser de pergamino, de papel, de silicio o de germanio; puede ser un conjunto de células de tu maltrecho cuerpo. ¿Qué más da si la tinta es orgánica o de una sinteticidad obscena ? ¿Si los impulsos eléctricos se transmiten por los circuitos de un ordenador o cambian los potenciales de las divinas neuronas? Para unos pocos, escribir sigue siendo desollar el alma y ofrecer las entrañas para salvar al hombre —al hombre que es, al hombre que fui, a los hombres que seré, a los hombres que he sido...— ionizar la rabia y romper cadenas adamantinas construidas por esos falsos mitos que nos hicieron adorar; derrarmarse ante los ojos de uno mismo, con la fuerza de una catarata que destruye la pétrea realidad con la impaciencia del que es enemigo del tiempo — y  beber posteriormente de esas aguas tranquilamente neuróticas que en el rumor de su fluir llevan salmos a la inmortalidad.  Sin literatura solo hay Limbo: un mundo lleno de entes desumbilicados que vagan exánimes en la uniformidad de unas tinieblas en las que nadie ha de dibujar una estrella.