miércoles, 18 de marzo de 2015

Reflexiones I

     He de reconocer que siento un gran interés por las teorías de la Historia, o lo que se denomina Filosofía de la Historia. No soy ningún Walter Benjamin, pero a veces tiendo a liberar la tan peligrosa curiosidad inherente en todo ser humano.

     Hay muchos autores —sobre todo de siglos pasados— que consideran la historia como un fenómeno cíclico, otros muchos como algo lineal y algunos otros como algo entre cíclico y catastrófico: algo así como épocas de calma relativa que se derrumban al ser sacudidas por algún tipo de desastre; ya sea natural, bélico...

     Aunque hoy he pensando en la Historia del Poder —y lo pongo en mayúsculas porque El Poder así lo querría: todos sabemos que conviene mantener contento a El Poder—, quería referirme, en concreto, a la sucesión de muertes de grandes símbolos de poder en la Historia de la Humanidad. Creo que podríamos ilustrarlo, de forma un tanto patética —y saltándonos la Antigüedad—, en una serie de exclamaciones o alabanzas:

-¡Dios ha muerto, larga vida a El Estado!
-!El Estado ha muerto, larga vida a El Hombre!
-!El Hombre ha muerto, larga vida a Los Mercados!

     Olvidad todo lo que he dicho: Dios solo ha muerto como Dios; pero no como «D», ni como «i», ni como «o», ni como «s». Lo cierto es que tanto Dios, como El Estado, como El Hombre siguen existiendo. Sí, quizás no vivos; pero sus cadáveres son tan vastos que casi tapan toda otra luz que no provenga del recuerdo de sus vetustos relumbrones. Y ahí, en este preciso punto de muerte y putrefacción, es donde entran Los Mercados (ya sabéis por qué uso mayúsculas). Los Mercados se alimentan de la carroña de todos estos poderes anteriores. Se alimentan sobre todo de la carroña del hombre, que es la más deliciosa. “Es hermoso contemplar las ruinas de las ciudades, pero más hermoso es contemplar las ruinas de los hombres", que escribió el Conde de Lautréamont


     Así, como gusanos —o bacterias de naturaleza microscópica— consiguen un invulnerable estado de invisibilidad ante todo lo que podría amenazarles. Y la verdad es que no quiero seguir con estas reflexiones, puesto que ni soy filósofo ni ninguno de vosotros me considera como tal. Os deseo suerte a todos; que si no tenéis, podéis comprarla en un mercadillo.

jueves, 5 de marzo de 2015

Tantas veces yo


Yo soy mi sangre, que mancha las asépticas fosas —vacíos tan llenos de esperanza— del hospital. Soy la sangre envejecida que insufla muerte en los ávidos altares de los terroristas siniestrados en cada esfínter de esta puta ciudad.

Yo soy mi carne, tan sucia y moteada como el chucho amaestrado que babea por un atisbo del nómada mirar de un transeúnte sosegado —hoy especie en vías de extinción—. Soy la delicia del gusano y la libación eterna que llena los bajeles en busca de un festín que revele las arcadas de las sirenas, que tienen su silencio por condena, y llenan el mundo de un vacío abrumador.

Y soy —aunque quisiera no serlo— todos los hombres que fueron antes de mí, y que, a golpes de deidad, forjaron un infierno colectivo, lleno de desdenes y vergüenzas recurrentes, de vaivenes y miserias ondulantes que nos ahogan a tiempo parcial. Que es en realidad el tiempo total del tiempo del que disponemos.

Y, sobre todo, soy todos los electrones que centellean vivaces en la invisibilidad de un lenguaje que ningún códice podrá traducir jamás; soy el fracaso de los oráculos: el misterio neural.

Tras echar un rápido vistazo a todas mis naturalezas, y evaluando las condiciones en las que tantos «yo» forman mi «entre», una sola pregunta deshaucia cada reflexión, cada volición, cada incertidumbre y cada creencia:

¿Cómo cojones quiere mi loquero que resuelva mis putos problemas mentales?