He de reconocer que siento un gran interés por las teorías
de la Historia, o lo que se denomina Filosofía de la Historia. No soy ningún
Walter Benjamin, pero a veces tiendo a liberar la tan peligrosa curiosidad
inherente en todo ser humano.
Hay muchos autores —sobre todo de siglos pasados— que
consideran la historia como un fenómeno cíclico, otros muchos como algo lineal
y algunos otros como algo entre cíclico y catastrófico: algo así como épocas de
calma relativa que se derrumban al ser sacudidas por algún tipo de desastre; ya
sea natural, bélico...
Aunque hoy he pensando en la Historia del Poder —y lo pongo
en mayúsculas porque El Poder así lo querría: todos sabemos que conviene
mantener contento a El Poder—, quería referirme, en concreto, a la sucesión de
muertes de grandes símbolos de poder en la Historia de la Humanidad. Creo que
podríamos ilustrarlo, de forma un tanto patética —y saltándonos la Antigüedad—,
en una serie de exclamaciones o alabanzas:
-¡Dios ha muerto, larga vida a El Estado!
-!El Estado ha muerto, larga vida a El Hombre!
-!El Hombre ha muerto, larga vida a Los Mercados!
Olvidad todo lo que he dicho: Dios solo ha muerto como Dios;
pero no como «D», ni como «i», ni como «o», ni como «s». Lo cierto es que tanto
Dios, como El Estado, como El Hombre siguen existiendo. Sí, quizás no vivos;
pero sus cadáveres son tan vastos que casi tapan toda otra luz que no provenga
del recuerdo de sus vetustos relumbrones. Y ahí, en este preciso punto de
muerte y putrefacción, es donde entran Los Mercados (ya sabéis por qué uso
mayúsculas). Los Mercados se alimentan de la carroña de todos estos poderes
anteriores. Se alimentan sobre todo de la carroña del hombre, que es la más
deliciosa. “Es hermoso contemplar las ruinas de las ciudades, pero más hermoso
es contemplar las ruinas de los hombres", que escribió el Conde de
Lautréamont
Así, como gusanos —o bacterias de naturaleza microscópica—
consiguen un invulnerable estado de invisibilidad ante todo lo que podría
amenazarles. Y la verdad es que no quiero seguir con estas reflexiones, puesto
que ni soy filósofo ni ninguno de vosotros me considera como tal. Os deseo
suerte a todos; que si no tenéis, podéis comprarla en un mercadillo.