jueves, 5 de marzo de 2015
Tantas veces yo
Yo soy mi sangre, que mancha las asépticas fosas —vacíos tan llenos de esperanza— del hospital. Soy la sangre envejecida que insufla muerte en los ávidos altares de los terroristas siniestrados en cada esfínter de esta puta ciudad.
Yo soy mi carne, tan sucia y moteada como el chucho amaestrado que babea por un atisbo del nómada mirar de un transeúnte sosegado —hoy especie en vías de extinción—. Soy la delicia del gusano y la libación eterna que llena los bajeles en busca de un festín que revele las arcadas de las sirenas, que tienen su silencio por condena, y llenan el mundo de un vacío abrumador.
Y soy —aunque quisiera no serlo— todos los hombres que fueron antes de mí, y que, a golpes de deidad, forjaron un infierno colectivo, lleno de desdenes y vergüenzas recurrentes, de vaivenes y miserias ondulantes que nos ahogan a tiempo parcial. Que es en realidad el tiempo total del tiempo del que disponemos.
Y, sobre todo, soy todos los electrones que centellean vivaces en la invisibilidad de un lenguaje que ningún códice podrá traducir jamás; soy el fracaso de los oráculos: el misterio neural.
Tras echar un rápido vistazo a todas mis naturalezas, y evaluando las condiciones en las que tantos «yo» forman mi «entre», una sola pregunta deshaucia cada reflexión, cada volición, cada incertidumbre y cada creencia:
¿Cómo cojones quiere mi loquero que resuelva mis putos problemas mentales?
Etiquetas:
Arte,
Escritura,
Literatura,
Neurología,
Poema,
Poesía,
Psicología
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario