No quiero entrar en cientificismos ni xenoconspiraciones; así que sin más disculpas previas, por muy necesarias que sean, iré directo al asunto: creo poder formular una teoría alternativa e igual de plausible a la que los católicos defienden a través del llamado «Diseño Inteligente». Para ello tomaré varios de los argumentos usados comúnmente a su favor y los haré propios en esta reformulación de la teoría que he denominado como «Tiranía de los Elementos»
La mayoría de los defensores de la teoría del «Diseño Inteligente» —aunque, cabe destacar, que no todos lo hacen— toman a un solo dios como poseedor del impulso generador de fuerza infinita, así como arquitecto supremo de una gran obra divina a la que llamamos «vida».
Mi teoría se basa en la fuerza de varios dioses creadores a los que he denominado «elementos». Estos, como cualquiera de los dioses monoteístas, tienen una pulsión replicadora más que voraz. Podríamos decir que todos ellos tienen como objetivo la anexión del Universo; que el Universo sea propio, que sea su propio cuerpo. Tomando algunas ideas prestada, aunque con cierta distancia, de Spinoza, podríamos decir que Dios, tras expulsar a las tinieblas, al traer la creación al mundo, se convierte en su propia creación. El mundo —él— es una sola creación que se recrea a cada unidad de tiempo. El dios creador es ese gran espejo que se refleja a sí mismo un número infinito de veces. Y nuestros elementos, como manifestaciones de tales deidades son, en sí mismos, también espejos que buscan la réplica infinita que desotrifique el Universo. Así que, para comenzar la teoría, supondremos que nuestros elementos son seres con un valor de vanidad que tiende a infinito.
Son sobradamente conocidos los ciclos por los cuales los elementos — nos referimos aquí al carbono, nitrógeno, hidrógeno...; y en ningún caso a fuego, aire, agua...y pedimos perdón a los presocráticos— tienden a combinarse y liberarse, a caer o escapar de sus sumideros correspondientes. Estos ciclos químicos se producen, con pasos muy diferentes, tanto en nuestro planeta como en otros. Plantearemos como hipótesis una posible disputa entre elementos por la supremacía química: una lucha de dioses a toda escala; con armas de todo tipo: desde combustiones a sublimaciones, puentes de hidrógeno desapareciendo sin compasión alguna...ciertamente, da para un guión de Hollywood.
En resumen, imaginemos, por un momento, cómo sería una cosmogonía semejante a la de Hesíodo en la que los dioses y su influencia son sustituidos por elementos que ventriloquizan el relato mitificador con el igualmente mistérico discurso de la química.
...CONTINUARÁ
sábado, 11 de abril de 2015
miércoles, 8 de abril de 2015
Lista
A veces realizar listas resulta útil. Otras veces es aventar las cenizas del infierno. Hoy relataré una nada modesta relación de cosas que me gustan y me disgustan. Me gustaría que, antes de leerla, toméis la prudente decisión de abrocharos vuestros intestinos de seguridad. Ahí va:
1.— Me gustan los seres que sangran y mueren; y también los corazones que se paran sin más, sin avisar: corazones rebeldes en la Era de la Clarividencia.
2.— No me gusta la muerte de los seres —y separemos ser de estar—, a no ser que dichos seres me disgusten. Pero más me disgusta que los seres que odio se empeñen en escribir miles de veces en una pizarra: No quiero morir. Yo siempre quiero que ellos quieran.
3.— Me gustan los besos. Me gustaría que me besaran todo el día (Rectifico: me gustaría que me besaran no-fumadores, monobesadores y funambulistas de la soledad; aunque también se aceptan fetichistas de las aceras y adictos a 4'33'').
4.— No me gusta el marrón, ni las tiendas de ropa que solo pueden ser llamadas «tiendas de ropa». Tampoco me gustan los libros llenos de letras y fractales de mediocridad.
5.— Me gusta la poesía y la forma que tiene Bach de pronunciar «Dios».
6.— Odio los sobrios museos de prosa petrificada y la desmitificación del ser que aspira a la eternidad.
7.— Adoro las orquídeas y los tomates en descomposición.
8.— Odiaría hacer listas si no fuera porque las hago y porque otros muchos ya han dicho esa frase. Odio la gente que odia porque otros aman.
9. Añado un punto nueve porque no me gusta el ocho.
10.— Todavía no sé si odiarte si has descubierto que al punto anterior le falta el guión que le correspondía.
1.— Me gustan los seres que sangran y mueren; y también los corazones que se paran sin más, sin avisar: corazones rebeldes en la Era de la Clarividencia.
2.— No me gusta la muerte de los seres —y separemos ser de estar—, a no ser que dichos seres me disgusten. Pero más me disgusta que los seres que odio se empeñen en escribir miles de veces en una pizarra: No quiero morir. Yo siempre quiero que ellos quieran.
3.— Me gustan los besos. Me gustaría que me besaran todo el día (Rectifico: me gustaría que me besaran no-fumadores, monobesadores y funambulistas de la soledad; aunque también se aceptan fetichistas de las aceras y adictos a 4'33'').
4.— No me gusta el marrón, ni las tiendas de ropa que solo pueden ser llamadas «tiendas de ropa». Tampoco me gustan los libros llenos de letras y fractales de mediocridad.
5.— Me gusta la poesía y la forma que tiene Bach de pronunciar «Dios».
6.— Odio los sobrios museos de prosa petrificada y la desmitificación del ser que aspira a la eternidad.
7.— Adoro las orquídeas y los tomates en descomposición.
8.— Odiaría hacer listas si no fuera porque las hago y porque otros muchos ya han dicho esa frase. Odio la gente que odia porque otros aman.
9. Añado un punto nueve porque no me gusta el ocho.
10.— Todavía no sé si odiarte si has descubierto que al punto anterior le falta el guión que le correspondía.
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